Aprendí a caber.
Pensaba que era una virtud.
Aprendí a caber.
Durante años.
A no incomodar.
A no sobresalir demasiado.
A no tensar el ambiente.
Era casi un instinto.
Automático.
Pensaba que caber era una virtud.
Tenía su función.
Seguir perteneciendo.
Sobrevivir.
El cuerpo sabe cuándo te estás reduciendo.
Los hombros se acercan.
La voz baja medio tono.
La respiración se queda arriba.
No era humildad.
Era adaptación.
Y funcionó.
Caber abre muchas puertas.
Te vuelves fácil.
Agradable.
Aceptable.
Hasta que el cuerpo empezó a cansarse.
Cansarse de caber.
Lo curioso es que cuando el cuerpo deja de reducirse,
no aparece el conflicto.
Aparece algo más interesante.
Claridad.
Ahora sé que no soy pequeña.
No sé si se verá.
Pero el cuerpo ya lo sabe.
Y cuando el cuerpo lo sabe…
algo cambia en la habitación.
Estás leyendo +PERSPECTIVA.
Notas sobre lo que no encaja.
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Algunas exploraciones no caben en un mail.
Se investigan en mi Laboratorio.


