El escondite
Hay una mujer en mi barrio que vive dentro de una tienda de juguetes.
La despertó el ruido.
Parecía como si uno de sus muñecos hubiera chocado contra el suelo.
Pero no iba a darse prisa en averiguarlo.
Quería quedarse un rato más en la cama.
O mejor dicho, quería no levantarse.
Si los soldados de plomo habían iniciado una guerra, que la acabaran solos.
Si un unicornio había caído al suelo, pues no sería tan unicornio.
Le importaba un pepino si su preciosa tienda de muñecos antiguos
se había destruido.
Y eso sí era raro.
Durante años le había preocupado cualquier cosa que allí ocurriera.
Un rasguño en el escaparate.
Una gotera.
Una bombilla fundida.
Que alguien tocara demasiado una pieza.
Pero esta vez le daba igual.
Siguió tumbada.
Todos aquellos seres mágicos se habían llenado de polvo.
Ya no los limpiaba.
Le recordaban lo lejos que se sentía de la magia.
Veinticuatro horas viviendo dentro de una tienda de juguetes
y lo único que sentía era desasosiego.
La gente creía que vivía rodeada de magia.
No se fijaban en su cara.
Ni en sus batas.
Su cuerpo cada día ocupaba más espacio.
Había más carne que juguetes.
Y sus ganas de fumar crecían en la misma proporción
que sus caderas.
Durante el día, cuando quería distraerse, salía un rato a la calle.
Se sentaba en el banco de enfrente, encendía un cigarro y miraba a la gente.
Desde allí veía a los dos soldados de plomo gigantes
que vigilaban la puerta.
Que su tienda estuviera en una calle peatonal le gustaba.
Pero lo que más le gustaba era París.
Cada año, después del verano, viajaba allí para comprar
las piezas de Navidad.
Bailarinas, seres mágicos, aviones vintage.
Objetos artesanos que no servían para nada
salvo para hacer feliz a alguien.
Pasaba días enteros buscando novedades.
Imaginando escaparates.
Pensando dónde colocaría cada cosa.
De septiembre a enero era feliz.
Muy feliz.
Sus clientes querían lo mejor y ella también.
Muchos coleccionaban sus piezas y le gustaba sorprenderlos.
Le emocionaba ver cómo una figura encontraba dueño
o cómo un dueño encontraba su figura.
Nunca sabes bien quién encuentra a quién.
Había tardado media vida en construir aquel refugio.
Y durante mucho tiempo la había salvado.
Pero últimamente la tienda pesaba demasiado.
Había creado un espacio en el que poder escapar de afuera
y ahora ese mismo escondite la tenía tan atrapada
como cuando estaba afuera.
Que la magia se convirtiera en cruda realidad no formaba parte del plan.
Que los soldados de plomo ya no pudieran ayudarla, tampoco.
Cerró los ojos.
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Notas sobre lo que no encaja


